Juan Miguel Fernández Cano (el valenciano). Fusilado en 1942

JUANMIGUEL

Juan Miguel Fernández Cano

Era espartero, gremio mayoritariamente cenetista, como el de rastrilladores y las picaoras, por las duras condiciones de trabajo, los pagos de miseria, y la falta de cobertura social y sanitaria. Eran gentes verdaderamente míseras, pero solidarias, a un punto que hoy es imposible de imaginar. Los años veinte y treinta del siglo pasado, son época de potentes huelgas en la industria espartera ciezana, sabotajes, y boicot a los productos y a los comercios de aquéllos que no respetaban a los trabajadores y a la Confederación. Juan Miguel fue encarcelado varias veces por ser cenetista y relacionársele con estas acciones, y llegó a ser condenado a ocho años de presidio, pasando seis meses en el penal de Alicante, debido a que el “aforaor” (los “aforaores” eran los encargados de las casetas de cobro municipal por el paso de mercancías, que estaban en las entradas a la ciudad),  había denunciado que le había visto pasar a las doce de la noche por la zona en que la red eléctrica había sido saboteada, durante una huelga.

Fue un hombre destacado por su bondad y su honradez. Perteneció al Consejo Municipal en el año 1937, y estando encargado de la vigilancia de los depósitos de víveres producidos en las colectividades, jamás sacó provecho de esa responsabilidad ni de ninguna otra confiada por la CNT. Ni se vengó de los que años antes le habían mandado a presidio, pudiéndolo haber hecho.

placeta recort

Plaza dedicada a Antonio Pérez

Pasada la guerra, no quiso huir al extranjero, confiando en que su inocencia de cualquier delito de sangre, le aseguraría el perdón antes o después. Convencido por sus allegados, a última hora decide ir a Alicante para embarcar allí, pero es detenido por los fascistas yenviado al campo de Albatera. Desde allí fue enviado de nuevo a Cieza, donde tenía la orden de presentarse ante el alcalde. D. Antonio Pérez, quien ordena su ingreso en la cárcel (Camino de Murcia, en el parque donde hoy hay un mercado de abastos)

Allí pasa seis meses, sin que hubiera ninguna denuncia por medio, tan sólo la orden del alcalde. Uno de los carceleros, presionado por los fascistas, declara haber visto a Juan Miguel cruzar el patio de la cárcel el día en que fueron asesinados cuatro señoritos que había presos, uno de los cuales, era hermano del alcalde. Pero en realidad, no hacía falta más justificación para enviar a la muerte a un cenetista, ya que por el sólo hecho de serlo, y más en el caso de un hombre en extremo pacífico pero de una dignidad y una honradez insobornables, ya era suficiente para ser blanco de la sed de venganza de la burguesía fascista, orgullosa y deseosa de dar castigo ejemplar a quienes más se habían resistido a su dominio.

Pasados tres años, de los sentenciados a pena de muerte, sólo quedaba él en la cárcel. Aquella pena ni se cumplía ni se le retiraba. Hasta que su esposa decide consultar a la autoridad militar de Murcia, donde le responden que el nombre de su marido no consta en ningún sumario, ni ningún expediente, que no hay ningún documento que demuestre que su marido está preso, y que si ese mismo día se evadiera, no habría orden de ir a buscarlo. Entonces, Paca, su mujer, acude al alcalde D. Antonio Pérez, quien hacía tres años había mandado encarcelar a Juan Miguel, y que antes de la guerra había sido abogado de la CNT, y éste afirma estar tan desconcertado como ella.

A las dos semanas de aquella entrevista, Juan Miguel es fusilado contra las tapias del cementerio de Espinardo, el 3 de agosto de 1942.

La madrugada siguiente, una vecina informa a Paca de su muerte. La mujer va a pie los cuarenta kilómetros hasta la cárcel de Murcia, desde donde le envían al cementerio de Espinardo. Allí, tras reconocer a su marido en la fosa, recibe esta explicación del enterrador: que si quería que sacaran el cuerpo de allí tenía que pagarles 500 pesetas, en un plazo de 24 horas, ya que al día siguiente la fosa sería cubierta con cal.

Después de andar de nuevo hacia la cárcel, a por el hatillo de ropa de su marido, y luego hasta Cieza otra vez, nadie de los que más tenían quiso dar nada; y de los que no tenían, no pudo obtener dinero ninguno,  más que por no querer por no tenerlo.

Placa recort

Placa dedicada a Antonio Pérez en la fachada de la casa donde vivió, en la calle del Cid

Al cabo de algunos años, su hija Pascuala, de las que se extrajeron estas memorias, entró a servir en Madrid en la casa de un acaudalado e insigne personaje ciezano, D. Antonio Pérez, en persona, de quien apenas sabía qué relación pudiera tener con su padre, pero quien conociendo perfectamente la identidad de ella, la trató con la más correcta indiferencia.

El año 1981, Pascuala Fernández, en respuesta a la instancia en que solicita testimonio de la sentencia derivada del sumario seguido a su padre, Juan Miguel Fernández Cano, recibe una certificación de la Capitanía General de la tercera región militar, de Valencia, por la que se certifica que Juan Miguel fue ejecutado el 3 de agosto de 1942 en cumplimiento de una sentencia cuyo sumario no consta.

Certificado de la Capitanía General de la 3ª Región Militar acreditativo de la no constancia de sumario

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Publicado el octubre 25, 2016 en CNT Cieza, Historia. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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